Después
de aquella tremenda discusión, él no fue capaz de recordar cuándo ella había
dejado de ser brisa para convertirse en viento huracanado.
Emburciadas
Contador
domingo, 18 de junio de 2017
SIN VIDA PROPIA
Él la
miró fijamente y entonces se dio cuenta: se movía sin voluntad y sin rumbo.
Estaba claro que no tenía decisión. Que se dejaba llevar. Era realmente
hermosa. Su silueta le atraía poderosamente. También su gracilidad. Sí, era tan
atractiva. Tan delicada y tan altiva a la vez. Pero todo su poderío se reducía
a pura apariencia. En todo ese tiempo no había hecho otra cosa que moverse de
un lado a otro sin sentido. Ahora hacia aquí, ahora hacia allá. Tan pronto se
elevaba con un porte soberbio como se venía abajo, derrotada. Entonces se
revolvía con genio. Y, en un segundo, volvía a una postura de absoluta
resignación. Iba y venía sin poder dominarse. Sin vida propia. Y, sin embargo, se
la veía complacida. A él le pareció triste. Pero no había nada que hacer. Al
fin y al cabo, ella solo era una hoja que volaba mecida por el viento.
lunes, 24 de abril de 2017
LA NOCHE MÁS NEGRA
El
sudor se deslizaba en forma de gotas diminutas por su frente, pero sus manos
estaban heladas. De entre los escalofríos que en los últimos largos minutos
habían sacudido su cuerpo, uno lo recorrió entero, súbitamente, cuando escuchó
aquellos pasos. Estaba más cerca de lo que creía y a ella parecían empezar a
abandonarle las fuerzas. Corría sin rumbo en la noche más negra.
No
había alternativa: debía seguir. Paró un instante para recobrar el aliento y,
casi sin querer hacerlo, miró hacia atrás. Ni rastro de él. La oscuridad lo
invadía todo. Y el silencio era tan contundente que dañaba los oídos y parecía albergar
los peores presagios. Apenas intuyendo
el sendero, siguió corriendo.
No era la primera vez que se sentía perseguida, pero nunca antes había sido fugitiva. Tal vez había arriesgado demasiado. Todo apuntaba a que ese momento llegaría y, aun así, decidió elegir su camino. Quiso ser libre, pero las dificultades eran mucho mayores de lo que cabía esperar. Eligió la rebeldía y, sin embargo, no sabía ser rebelde. Porque no lo era. Ella solo quería vivir su vida.
Su
padre le había advertido sobre las malas compañías y su madre le insistió una y
mil veces en que no le veía un futuro claro. Pero ella se dejó llevar. Hubo, en
aquellos años, altos y bajos, tiras y aflojas, buenos y malos ratos. Abundó la
emoción y también la tristeza. La diversión se alternó cíclicamente con la
soledad. La adrenalina del riesgo con el desmayo del miedo. Cruzó más de un
límite, entre días de sol y tardes de sombras.
Hasta llegar a aquella noche, la noche más negra. Unas horas antes, había traspasado la línea definitiva. Después vino la búsqueda y la persecución. Los pensamientos se agolpaban acelerados en su mente. Y, entre todos ellos, uno golpeaba más fuerte: libertad. No estaba dispuesta a pagar con la suya los errores de otros. Ni siquiera los propios. Su único crimen había sido estar en el lugar y el momento equivocados. Por eso se fugó.
De
nuevo, ruido de pasos. Instintivamente, giró la cabeza. No habría más de cien
metros entre ella y aquel hombre. Le pareció ver que iba armado. Su corazón
latía tan deprisa que llegó a visualizar la explosión de su pecho. De forma
casi inconsciente, se tiró al suelo y rodó unos metros hacia la izquierda. Dirigió
la vista hacia todos lados antes de levantarse. Y volvió a correr, esta vez
mirando continuamente atrás.
El sonido de aquellos pies pisoteando las hojas secas del parque era cada vez más cercano. En una maniobra improvisada, giró a la derecha. Después dio un salto, inesperado incluso para ella, y salvó el desnivel sorpresivo del terreno, aterrizando de rodillas sobre un charco. Al incorporarse, notó que su tobillo izquierdo se había llevado la peor parte en la caída y tuvo que ahogar un gemido de dolor. Se sentía cada vez más incapaz, pero continuó su carrera.
Su
respiración era ya puro desespero y creyó desfallecer cuando se topó con aquel
muro. Paró en seco y, como tantas otras veces, no sabía a dónde ir. Buscó una
salida a un lado y a otro, sin encontrarla. Se dio la vuelta, abriendo los ojos
todo lo que fue capaz. Un suspiro que no venía a cuento ralentizó sus jadeos y
pudo oír, de nuevo, el silencio imponente. Hasta que las pisadas volvieron a
romperlo.
De entre las sombras, a una distancia demasiado corta, surgió la figura de su perseguidor. Efectivamente, iba armado. Un cañón recortado apuntaba hacia ella. Retrocedió unos pasos hasta que su espalda chocó con la pared de hormigón, mientras aquel hombre y su arma avanzaban hacia ella. Parecía claro que había llegado su fin. Miró al suelo y vio una rama gruesa. Se agachó, deslizando su dorso por el muro, hasta cogerla.
- Deja
eso y ven aquí.
Ella
pareció no escucharle.
-
¡Que vengas te digo! No me obligues a…
Después
de eso solo hubo gritos. Lloros y gritos. Golpes y gritos. Súplicas y gritos.
Una
mujer trajeada entró en la habitación del hospital y se le acercó, sonriendo.
Le aseguró que podía ayudarla y le preguntó si necesitaba algo.
- Mi
libro –dijo ella con la voz entrecortada-. Solo mi libro.
Estaba
ansiosa por retomar la lectura. No podía esperar más. Solo así podría
asegurarse de que, justo en el punto en el que la había dejado, llegaba el
amanecer y, con él, la liberación. Necesitaba volver a sus páginas para
comprobar que aquella noche, la noche más negra, desaparecía.
viernes, 21 de abril de 2017
EL ROBO
La
noche en que Carmelo Ginés regresó al pueblo no había espacio en el cielo para un
rayo más ni tierra capaz de absorber tanta lluvia. Cruzó despacio la avenida y
se plantó frente a su casa, empapado. Tantos años después.
—Has
vuelto… —la mujer enjuta lo miró sin expresión definida con aquellos ojos
bañados en ausencias.
—Me
han robado, madre. No tengo nada. Debo empezar de cero.
—¿Un
robo? ¡Un robo! ¡A ti! ¡Válgame Dios!
Carmelo
Ginés se sentó arrimado al calor de la vieja cocina de leña. Apoyó los codos en
las rodillas, la cara en las manos y se encerró en sí mismo, ajeno a cuanto
ocurría a su alrededor.
Ajeno
a la llamada que la madre, entre perpleja y asustada, hizo al cuartelillo de la
Guardia Civil. A su hijo se lo habían robado todo, dijo. Tenían que venir con
presteza.
Ajeno
al bullicio que, en pocos minutos, provocó en la casa la llegada de un sargento
y dos cabos de la Benemérita, el alcalde y un concejal, un bombero jubilado, el
maestro, un coronel del ejército en la reserva, el vecino de la casa de
enfrente, el de la derecha, el de la izquierda, un ferroviario retirado, el
cartero, tres cazadores, un fontanero, el mendigo de la plaza mayor, el médico
y su enfermera, el tabernero, dos tertulianos del casino, la florista, el
estanquero, el dueño de la tienda de ultramarinos, la telefonista, el hijo
descarriado del marqués y un forastero que buscaba información sobre algún
hospedaje cercano y que, acariciado por el calor de la lumbre e intrigado por
el espectáculo, decidió quedarse, camuflado entre la multitud.
La
última en acudir fue la cotilla del pueblo que, no bien había cruzado la
puerta, empezó a ametrallar al personal con preguntas ordenadamente iniciadas
por las seis “w” de las que todo buen cronista debe armarse: “pero… ¿qué le han
robado? ¿quién ha sido? ¿dónde fue? ¿cuándo? ¿cómo?¿por qué?”
En
verdad, nadie podía entender aquella imprevisible caída en desgracia de quien
era considerado una eminencia. Para todos los habitantes de aquel pueblo,
Carmelo Ginés era la representación máxima del éxito. Del triunfo sobre el
origen y las circunstancias al que ninguno de ellos podía ni mucho menos
aspirar. Articulista y escritor, había abandonado el lugar siendo apenas un
muchacho para encontrar en la capital el premio a su talento y su esfuerzo en
forma de fama, reconocimiento y dinero. Era impensable, de no ser porque lo
estaban viendo con sus propios ojos, imaginar a ese hombre reducido a tal retrato
de miseria y tristeza; tan desvalido, tan andrajoso, tan cabizbajo, tan abandonado,
tan despojado de todo.
El
suceso tuvo que haber sido -opinaban los presentes sin excepción- de los de
órdago. Debió de ser uno de esos robos estudiado, planificado y cuidadosamente
perpetrado por una banda de profesionales de los que allanan la morada, las
cuentas, los bienes y hasta la identidad, reduciendo a la víctima a una penosa
y patética nada.
Carmelo
Ginés no escuchaba. No oía siquiera. Parapetado en su ensimismamiento,
recordaba deprisa.
Primero
fue aquel redactor jefe, aquel hombre acomplejado. Cuando ya llevaba tantos
artículos publicados, empezó a corregirle sus textos. Debía ser más concreto,
decía. Menos literatura, decía. Más denuncia, decía. Y él, disciplinado, empezó
a darle otro aire a su escritura.
Después
fue el director del periódico. Prepotente y sentencioso, le exigió más cercanía
en sus escritos. Menos poesía, le exigió. Menos trascendencia, le exigió. Más
mensaje, le exigió. Y él guió a su pluma por esas líneas.
Al
cabo del tiempo, el editor le impuso un estilo nuevo. Menos flores para unos,
le impuso. Más laureles para otros, le impuso. Más concordancia con el ideario,
le impuso. Y él hizo y rehízo para ceñirse a lo impuesto.
El
último fue su representante literario. Tras dos novelas exitosas, le rechazó la
última, alegando toda clase de extrañas objeciones. Debía utilizar otro
lenguaje, objetó. Menos personal, objetó. Más actual, objetó. Más, tú ya me
entiendes, más… comercial, objetó. Y él reestructuró todo el libro en la forma
y en el fondo. Hasta no reconocerlo. Hasta no reconocerse a sí mismo. Y se
sintió pobre.
Levantó
de pronto la cabeza, apartando las manos de su rostro. Todas las miradas se
plantaron en él. La madre pidió silencio.
—Hijo,
dinos, ¿qué es lo que te han robado?
—Las
palabras, madre. Me han robado las palabras.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
FORCADELL, SÉ FUERTE
A mí
esto del postureo y los teatrillos en la política me está produciendo un
hartazgo que roza el repelús, en serio. Me resulta tan cansino como el
victimismo independentista catalán, qué pereza, más que planchar. Y las dos
cosas juntas ya ni te cuento. Que fue justo lo del pasado viernes con la
declaración de la presidenta del parlamento catalán, Carme Forcadell, ante el
Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.
Teatrillo
de los miembros del Gobierno de la Generalitat, alcaldes, diputados y
ciudadanos de a pie arropando y endiosando a la presidenta imputada, en una
manifestación que, en definitiva, venía a ser un “Forcadell, sé fuerte” pero
con más bombo y platillo. Y hasta con eslóganes prestados del dictador Stalin –“ni
un paso atrás”-. Caminando detrás de la palabra Democracia en grandes letras,
apoyaban a una señora juzgada por haberse –presuntamente- pasado las leyes, los
mandatos judiciales y la Constitución –o sea, la democracia- por el forro. Y
todo por permitir la votación de una hoja de ruta hacia la declaración
unilateral de independencia que, según declaró la propia Forcadell en el
juzgado, no tiene efectos jurídicos ni es vinculante. O sea, que era puro
postureo.
Qué
manía tan aburrida esta de los independentistas de fabricar mártires de cartón
piedra. Empezando por la madre de todos los mártires, que es, para ellos, la
propia Cataluña. Da igual que los datos digan que el déficit fiscal de Cataluña
es la mitad del de Madrid. O que Cataluña es la comunidad con un mayor
incremento de la financiación en los Presupuestos Generales del Estado. O que
el Estado invierte en obras públicas en esa comunidad un 20% más que la
Generalitat. Da lo mismo; ellos siguen con su “España nos roba” y punto pelota.
Que sea la comunidad en la que los políticos cobran los sueldos más altos o que
su gobierno gaste en embajadas y referéndums lo que no tiene para hospitales o
servicios sociales no cuenta.
Como
también da igual que haya más catalanes en contra de la independencia que a
favor, tal como indican los datos del propio Centro de Estudios de Opinión de
la Generalitat, ellos a lo suyo. Y los que soplen en contra de lo suyo están
atacando a la democracia, dicen. Todo por la patria.
Apoyados
en ese victimismo de culebrón y esa prevalencia de lo identitario en que se
basaron también ciertas doctrinas que espero no vengan al caso, se permiten decidir
qué es democrático y que no y desafiar las normas de la propia democracia como
el chulito de clase desafía al profesor. Lanzando el peligroso mensaje de que el
cumplimiento de las leyes solo es obligado a conveniencia. Sería interesante
ver si al ciudadano que se salte alguna de las leyes catalanas le montan
también una fiesta.
Pues
sí, Forcadell, sé fuerte. Al fin y al cabo, probablemente el tribunal te acabe
absolviendo y no pase nada. O te condene y no pase nada. Total, tú y los tuyos
ya tenéis previsto pasar de todo.
domingo, 9 de octubre de 2016
HIPOCRESÍAS Y CONTRADICCIONES
Confieso
que pertenezco a esa, al parecer, minoría a la que no le ha gustado el video
del Salón Erótico de Barcelona tan viral y comentado. Aunque técnicamente me
parece un buen producto, no creo que su contenido sea como para despertar tanta
admiración; más bien me parece facilón. Pero tampoco me extraña su éxito, ya
que en este país somos mucho de babear ante cualquier cosa que huela a
provocador, transgresor y progre. Vamos, que tú te metes con los poderosos, con
los bancos, con la Iglesia y con las corridas de toros, pongo por caso, y te
conviertes en lo más a poco bien hecho que esté el envoltorio.
Sin
embargo, lo que sí me sorprendió al ver el video de marras fue tanto aplauso a
un montaje que, centrado en denunciar la hipocresía, es tan hipócrita en sí
mismo. Porque, a ver, que una defensora del feminismo se queje de que a las
putas se las llame putas en un video patrocinado por una empresa de putas que
se anuncia como tal muy coherente no parece ¿no? Ni tampoco que esa misma
feminista critique que haya quien se pajea con sus pelis cuando son pelis que
se venden para eso, para pajearse, y en las que la dominación de la mujer es
una constante. Ni es coherente que se le haga la ola por progresista y contestatario
a un video que está promocionando un negocio en el que se venden mujeres, se
las denigra y abundan el dinero negro y la trata de personas.
Todo
bastante contradictorio. De ahí mi sorpresa que, no obstante, me duró poco.
Porque entonces recordé que vivimos en un país en el que acusamos de
explotación tercermundista a cierto empresario vestidos con sus modelos y
calzados en unas deportivas marcadas por la misma sombra. Un país donde se
exige –con lógica- que dimita un ministro porque apareció en los papeles de
Panamá pero elegimos, llenos de orgullo, a un director de cine implicado en el
mismo asunto para competir por un Oscar.
En el que se aplauden las arengas contra la explotación laboral de
políticos que en su casa tienen trabajadores sin contrato y sin Seguridad
Social. Donde los partidos políticos que cosechan sucesivos fracasos
electorales se permiten decidir que es el líder del ganador quien tiene que
marcharse. Un país en el que el partido de los ERE de Andalucía da lecciones
morales sobre corrupción. Y donde algunas fuerzas políticas ponen la corrupción
como excusa para no pactar con un partido pero están encantadas de juntarse con
el de los ERE.
El
mismo país en el que nos indignamos –con toda la razón- porque un programa de
televisión presenta a una comarca como capital española del narcotráfico y el
crimen pero ensalzamos un video que pinta a España como un país de corruptos,
ladrones, sumisos que apoyan a corruptos y ladrones, asesinos en nombre del
arte, maltratadores de inmigrantes, homófobos violentos y curas pederastas. Y
como un país de hipócritas.
Pues
sí, de hipócritas contradictorios.
miércoles, 3 de agosto de 2016
EL BANCO DE FEIJÓO
Vale
que cuando se acercan unas elecciones el marketing político sea el que manda. Y
que los partidos busquen las formas más originales de captar nuestra atención.
Pero ¿en serio van a pasear a Feijóo por toda Galicia montado en un banco del
chino Yun? ¿A todo un presidente de gobierno?
Nunca
me ha convencido esa táctica de sacar a los candidatos a la calle y mezclarlos
con la gente como si fueran uno más solo cuando toca pedir el voto. Pero, ya de
hacerlo, lo suyo es darle al menos una cierta apariencia de naturalidad a la
cosa. Y, la verdad, montar un banco pintado de azul con su urnita para
sugerencias en una plaza o un parque, sentar en él al presidente de la Xunta y
convocar a los fieles para que lo arropen y a la prensa para que lo retrate
resulta más artificial que el dinero del Monopoly. Por no hablar de lo de por
sí poco natural que se le ve a Feijóo, con su americana impecable, apretujao en el escaño de marras con una
tropa de paisanos haciéndose hueco.
Por otra
parte, si lo que se busca con esa ocurrencia o lo que sea es mostrar a un
presidente-candidato cercano a los ciudadanos, lo han bordado; porque llevarse
puesto su propio asiento es como muy distante ¿no? Es como decir “yo me junto
con el pueblo pero en mi propio trono”. ¿Qué pasa? ¿Que nos da cosilla
sentarnos en los bancos públicos que usa todo el mundo?
Parece
que a los asesores de Feijóo les ha entrado en esta precampaña una inquietud
innovadora y de modernización que me río yo de la moda de sacar a los políticos
hasta en el programa de la Campos. Incluso han descubierto que eso de Internet
y de las redes sociales tiene su importancia. Ellos, que en plena era del 4.0
no pasaban del comunicado y la rueda de prensa indiscriminada. Me los imagino
en la reunión de tormenta de ideas: “pues si Iglesias tiene una tele, nosotros
le ponemos al jefe una web, un twitter y un facebook”. Hasta que otro dijo lo
de “y un banco” y lo petó. Hay que ser muy rompedor para promocionar a un
candidato del PP sentándolo en un banquillo con la que está cayendo. O muy
cachondo.
Eso
sí, lo de la interactividad de las redes se ve que aún no lo han pillado del
todo, que el facebook de su jefe es un mero escaparate de mensajes, sin que
nadie conteste a los comentarios que dejan quienes pasan por allí. Les sigue
preocupando más un titular en la prensa que cada vez lee menos gente que las
críticas que aparecen en una comunidad virtual que crece a toda leche y en la
que miles de personas pueden decir cualquier cosa y ejercer influencia en
cadena.
Esto
de la “nueva política” está haciendo más daño del que pensamos. Mucha
parafernalia y poca chicha. Y mientras los “nuevos” caen ya en viejas prácticas
con olor a casta rancia, los clásicos se lanzan a descubrir modernas
estrategias de comunicación aun a riesgo de perder perspectiva y seriedad y de
convertir esto en un circo.
Pues
vayan cogiendo sitio, que el banco de Feijóo no es muy grande.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)